17 de enero de 2016

Las muertes lentas.

En las rugosas páginas de un marinero —creo— leí sobre la muerte de los grandes imperios, que es tarda como el más lento marchitar de las flores sanguinolentas; decía el marino que a los humanos, en cambio, nos es dado morir en un suspiro que es apenas una brisa para el musgo sobre los capiteles semisepultados en el lodo del tiempo. Supongo que lo que quiero decir, insomne, es que nuestra amistad era más una civilización que un ente antropológico y dual, acaso haya expirado ya al fin su último aliento y no siga temblando, desnuda en el frío. Lo ignoro. Me negué a contemplar la devastación, la muerte, de aquello que creamos o que alguna divinidad quiso crear entre nosotros. Aún hoy hay veces que parece que tu alma trata de susurrarme un mensaje, me llama por teléfono y me desea afectuosa felicidad, pero el lenguaje de nuestra civilización se ha perdido y ya nadie lo traduce.

Ni siquiera yo.

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