27 de julio de 2015

En ciento cincuenta palabras.


Quiero que vuelvas, que me abraces y me apartes el pelo de la cara con un libro. Quiero reírme de lo malos que son tus chistes y dejarme envolver y arropar por tu ingrávida desconexión del mundo físico. Quiero que estés a mi lado, literalmente a mi lado, sentado en esa silla, porque sólo así puedo aguantar yo las horas sentada en esta otra. Que cada verano me preguntes ¿dentro o terraza?, y yo conteste que terraza, si no te molesta que fume. Y por fin vuelves y me abrazas y ya no hay pelo que apartar de mi cara, pero las sonrisas son amplias y el futuro, todavía, incierto. Entonces dices que te vas, que no sabes, que quieres remar en el Tíber y hablar latín, y yo quiero que te vayas. Tal vez. Quizás. Nunca pude imaginar que me abandonarías para irte con el verdadero amor de mi vida.

15 de julio de 2015

Calma, control y noches en vela.

La gente que veo aquí es gente... Es gente rota. Tú no lo verías, pero nosotros, los rotos, nos reconocemos en silencio. También podemos ver, a veces, dónde hay peligro de ruptura en una persona entera. Pero tú no lo ves. Es el precio que pagas por vivir con tu entereza zenobiana. Tus grietas, que ignoras y escondes, están empezando a cortarme las venas.