31 de mayo de 2015

La muerte de la primavera.

«Proserpine», Dante Gabriel Rossetti (1874)

Nunca se olvida a quien primero bebió de tus muñecas la sangre y sentenció que sabías a granada y a muerte. Aceptaste las coronas de baja belladona y rosas negras, y dejaste que tu madre regara lirios con lágrimas y alzase a la Luna miradas que buscaban tan solo un motivo. Él te hizo dueña y señora; tú lo permitiste, porque el infierno lo arrastrabas tú, y un infierno es lo que dejaste a tu paso. Buscas a tientas los ríos que producen los más sangrientos meandros en la nieve joven, dejas que te empapen, que te conduzcan a las oscuras mansiones del único dios que no te ha dado la espalda. La vida gotea de tus yemas cuando tomas su mano y tu rubor cae junto a tus vestidos. La muerte te contempla. Roza con sus labios apagados las marcas imperecederas de todas y cada una de las veces en que te faltó la divinidad, todos tus fracasos, miedos y pesadillas, todos los minutos en que no fuiste suficiente. La laguna es más cálida de lo que ninguna mitología ha predicado jamás, y lame tus heridas y purifica todas las vergüenzas. No existe el estigma. Eres la reina, una diosa de piel gris y ojos negros, eres la ausencia de luz, el terror de los mortales y, a la vez, su única esperanza. Todos te temen. Todos te desean. Creen que les procurarás refugio en la noche, y descanso. No habrá paz para los que te mataron.

26 de mayo de 2015

Autor: el fuego.

Foto de Lucy Winterlight en Instagram

Podría arañar en mi carne mucho más, pero he desaparecido.

Las súplicas se me quiebran en los labios resecos. No hay dios capaz de salvación ni artífice de ésta, la más terrible forma de inmortalidad. Los siglos acariciarán el espacio que ocupé, y dirán que estaba desnuda porque era puta, cuando lo único que quería era arrancarme a Vulcano de mi carne agrietada y gris; comprenderán que el incendio que me mató no fue de madera y paja y lava, que fue de tejido pulmonar y cenizas, pero dudo que jamás entiendan que, si me tapaba la cara, era porque no quería que mi familia me viera llorar. Espero que sean capaces de adivinar que mi pelo era del color de las tierras de Eritrea, y ojalá puedan contemplar mis paredes azules y mis pájaros y mis flores. Con un último aliento que sabe a azufre rasgo en una esquina del atrio mi despedida. Valete omnes.