7 de noviembre de 2015

Penélope no espera.

He deshilachado con mis dedos
las entrañas que me he tejido
hoy, y envidio
desde la más sublime histeria
la suerte de Andrómaca.

Acerco la copa a mis labios,
estéril intento de ahogar una sed 
que no es física,
que no tiene forma
ni término.

Las canas y el perro detestan a Ulises,
maldicen la duda
ramera
que riega su boca
y legan sus pasos.

No soy un final abierto, cerrado, ¡feliz!
El tapiz
de mi vida es mucho más
que la expectativa
de todos los lectores de Homero.

10 de agosto de 2015

Querido Campus Potter...

Volver a los diecisiete después de vivir un siglo
es como descifrar signos sin ser sabio competente,
volver a ser de repente tan frágil como un segundo,
volver a sentir profundo como un niño frente a Dios.
Eso es lo que siento yo en este instante fecundo.

Nunca me habría atrevido a ir al Campus Potter en agosto de 2009 si no hubiera ido acompañada de un montón de amigos y de gente que conocía de antes, aunque sólo fuera por internet, porque integrarme en un grupo de 32 personas ya era difícil entonces. Mis barreras sociales sólo han crecido desde entonces y el número de acampados se ha incrementado hasta niveles que no he sido capaz de soportar —y por ello pido perdón a los acampados de 2014 y a todos los novatos que se han quedado fuera por la reducción de plazas, pero es que era demasiado—. Me va a costar escribir de manera real, sin metáforas, sin mitología ni referencias a obras clásicas, pero tengo que hablar de esto, tengo que dejarlo por escrito porque... es demasiado grande como para que se olvide.

He crecido en el Campus Potter. Taronja, mi gurú de gustos musicales y una grande de Slytherin, me ha descrito como una adolescente pizpireta, y yo no me atrevería a contradecirla porque ella, como tantos otros acampados y monitores, me ha visto crecer desde fuera. Era 2009, yo tenía casi 17 años y la primera lección que aprendí fue que quien no arriesga no gana y que en la vida hay que tomar decisiones. Yo tomé las mías, arriesgué y gané, me aferré con todo lo que tenía a ellas y luché más de lo que debería haber luchado. Cursé 2º de Bachillerato como todo el mundo, con hastío y desgana e incontables horas de biblioteca, superé Selectividad con los resultados esperados y así llegó el Campus Potter 2010. Allí me planté, aunque a mí ya se me habían quedado personas por el camino, ¡y qué personas! No quiero ponerme cursi, pero, entre ellos, mi primer gran amor, el que ahora, volviendo la vista atrás, sé que fue el primero de verdad, distinto a los pocos que hubo antes de 2009 y también a algunos que han venido después. Así aprendí que unos vienen y otros se van, y que había personas que yo no creía que se preocuparan por mí dispuestas a hacerme sonreír del modo que pudieran. El amor viene en muchos formatos. Se me había prometido una vida nueva, una vida universitaria, más libre y más placentera, y así la viví durante muchos meses muy cómodos y sencillos con Ángel / Severus. La vida, no obstante, siempre encuentra la forma de complicarse, o yo encuentro la forma de complicar la vida, y la esperanza dio paso a la decepción y la comodidad a la confusión, pero, pese a todo, yo sabía que en agosto tendría mi Campus Potter 2011, así que aguanté el tirón todo lo que pude y me propuse ser estoica, easy-going y feliz como lo era en 2009 cuando todo era fácil.

El Campus Potter 2011 me presentó a una odiosa potestad que, desde entonces, se ha adueñado de mi alma y no me deja descansar: la ansiedad. Recuerdo dudar de todo: de mí, de la realidad, de que nadie me hubiera querido alguna vez en la vida... Recuerdo la necesidad de esconderme en un lugar pequeño y, a la vez, de vagar sin rumbo fijo, correr, huir, sin más; y llorar y no poder parar, y no saber explicarlo con palabras y escuchar los términos exagerada y catastrofista e incluso loca. En el último momento recuperé a la Marta de 2009, convertí las dudas en un poquito de fuerza y tomé la decisión más difícil que se puede tomar, el decir SE ACABÓ. Fui terriblemente castigada durante todo un año por ello, hasta el punto de tener que plantearme, por primera vez, si debía volver al Campus Potter 2012. Un arrebato Gryffindor y el apoyo de muchas, muchísimas personas —entre ellas Mar Tonks, que juró y perjuró que ella me defendería y que donde estuviera yo, estaría ella— me hizo decidir que sí y no sé cómo acabé en Beauxbatons, lo que para mí fue otra forma de castigo: Ravenclaw, mi casa, mi hogar, mi alma, se había llenado de novatos maravillosos que casi ganan la copa de las casas, y yo no estaba con ellos. Mi mundo fuera del Campus se desmoronaba, mi círculo de amigos... no se rompía, sino que seguía unido, pero sin mí. Lo cierto es que la decisión, al final, fue mía; dolió, pero era lo correcto y trajo a mi vida a una persona que me salva día tras día, pase lo que pase, y que, desgraciadamente, no me acompañaría nunca al Campus Potter. Dad gracias a la divinidad que os parezca por la existencia de Lucía, yo lo hago con frecuencia.

Me planté en el Campus Potter 2013 porque necesitaba estar en Ravenclaw con todos los novatos que entraron en 2012 y a los que a día de hoy quiero con toda mi alma, y ellos saben quiénes son. Yo necesitaba su energía, su impulso para volar. Y quería ganar la copa de las casas con ellos, lo quería tanto, tanto que tal vez me olvidé de disfrutar. El rol de Ravenclaw se me fue de las manos, bueno, se nos fue de las manos a todos... pero estudiar como si la propia vida dependiera de ello es mi mecanismo de defensa, mi alarma brillante y roja que indica que algo no va bien, pero entonces yo no lo sabía, porque toda mi vida había sido así, en realidad. Y no ganamos la copa, y yo seguí estudiando como si no pasara nada hasta que ya no pude más. Ese Campus me enseñó que, durante una semana, podía no pensar en toda la mierda que había fuera y no quise que terminara nunca; no quería volver a la universidad, al tedio, a la ansiedad, al incipiente insomnio y al miedo, a la soledad. Pasara lo que pasara, no quería tener que abandonar Hogwarts.

Llegué al Campus Potter 2014 con las fuerzas casi extintas, con un último golpe de energía gracias a la confianza que depositaron en mí los monitores al nombrarme delegada de Ravenclaw, y pese a tener que apañármelas para estar toda una semana rodeada de 150 personas, me sentí útil y sentí que los novatos de mi casa agradecían mi preocupación y la de Robert y Nayra como prefectos. Hicimos muchos deberes, tal vez nos pasamos un poco, bastante, y si a alguien le molestó, lo siento... pero, por fin, ganamos la copa de las casas. No habríamos podido hacerlo sin mis polluelos, sin MC, Àlex, Noa, Makoto, Shiny, Nuca, Sara, Believe, Neko y todos los demás, que se veían motivados por las ganas que teníamos los veteranos de ganar la copa, y nunca podré agradecérselo lo suficiente. Para mí fue un punto álgido de mi experiencia Campus Potter, de mi vida en Hogwarts, un momento de orgullo total y un sentimiento de trabajo y esfuerzo recompensado. Ojalá hubiera sido suficiente, pero, otra vez, tuve que dejar mi casa y mi familia elegida para volver a un mundo donde yo no sólo no conseguía salir a flote, sino que me hundía cada vez más y en relativo silencio. Mi silencio es injusto para muchas personas, pero viene provocado por una mezcla mortal de timidez, de experiencia en ser ignorada y un miedo patológico a que la gente piense que soy muy pesada y se vaya de mi lado. Espero que ahora lo entendáis mejor.

Me inscribí en el Campus Potter 2015 casi por inercia, como una costumbre, también por mi manía de no dejar cosas inacabadas: si Hogwarts son siete cursos, siete tienen que ser los Campus. Yo no he querido hacer nada durante todo este año, nada en absoluto. He pasado muchas horas en la cama, más despierta que dormida, para mi desgracia, y he pasado a depender de once pastillas para poder malvivir día a día. La depresión, ya diagnosticada, aplastante y real como una lápida, me había atrapado hacía más tiempo del que parecía, según varios psicólogos, y no puedo deciros que después de esta semana se me haya pasado. Eso no quita que haya sido una semana excepcional. Una vez más, me he olvidado de mis problemas, del echar de menos que me impedía respirar desde marzo, de mi interminable carrera universitaria e incluso de la copa de las casas; me lo he pasado como nunca, ha sido, probablemente, el mejor Campus Potter de mi vida. Y por eso, de algún modo, es maravilloso que sea el último. No podía terminar mejor. Marta Black tiene su familia, el final que la mismísima J.K. Rowling me rompió (ya sé que nunca llueve a gusto de todos, pero es que, joder, Jotacá, joder...). Marta Black está bien, ¡mejor que nunca! Ella está a salvo, está feliz, está completa. Y que ella esté bien es importante.

Es importante porque ahora tengo que solucionar los problemas que Marta Alonso tiene, que no son pocos ni recientes ni de fácil solución, y no puedo hacerlo si mi vida depende de siete días de desahogo y todo un año de miseria, porque soy capaz de procrastinar hasta mi alimentación y simplemente esperar el Campus, y así ni me ayudo a mí misma ni ayudo a nadie. Pero esto no es un adiós, ni mucho menos, porque, de hecho, es un grito desesperado de ayuda. No he contado ni la mitad, pero si he escrito esto y tengo los ovarios de darle a publicar, y tú has leído hasta aquí, te estoy pidiendo ayuda, te estoy pidiendo que si me invitas a una quedada y te pongo excusas vagas me recuerdes que merece la pena ir, que me hagas ver películas contigo sólo para distraer la mente, que me saques de la cama, que me recuerdes lo mucho que amo estudiar lo que estudio. Es algo que voy a necesitar hasta que pueda volver a hacerlo por mí misma. También os pido que, si alguna vez os sentís mal y creéis que puedo ser de ayuda, acudáis a mí, porque ayudar a otras personas literalmente me da la vida. Tenemos que cuidar los unos de los otros, somos una familia, y eso puedo hacerlo incluso sin ser acampada. Sé que siempre he estado ahí y que se hará raro sin mí, pero os prometo que existo fuera del Campus Potter y estoy ahí para vosotros y quiero que estéis en mi vida. Os lo juro.

Volveremos a encontrarnos porque nos ha unido la magia.

Si habéis leído hasta aquí, hablaré con los monitores para que os convaliden los É.X.T.A.S.I.S. porque realmente lo merecéis. Os quiere y os admira,

Marta

27 de julio de 2015

En ciento cincuenta palabras.


Quiero que vuelvas, que me abraces y me apartes el pelo de la cara con un libro. Quiero reírme de lo malos que son tus chistes y dejarme envolver y arropar por tu ingrávida desconexión del mundo físico. Quiero que estés a mi lado, literalmente a mi lado, sentado en esa silla, porque sólo así puedo aguantar yo las horas sentada en esta otra. Que cada verano me preguntes ¿dentro o terraza?, y yo conteste que terraza, si no te molesta que fume. Y por fin vuelves y me abrazas y ya no hay pelo que apartar de mi cara, pero las sonrisas son amplias y el futuro, todavía, incierto. Entonces dices que te vas, que no sabes, que quieres remar en el Tíber y hablar latín, y yo quiero que te vayas. Tal vez. Quizás. Nunca pude imaginar que me abandonarías para irte con el verdadero amor de mi vida.

15 de julio de 2015

Calma, control y noches en vela.

La gente que veo aquí es gente... Es gente rota. Tú no lo verías, pero nosotros, los rotos, nos reconocemos en silencio. También podemos ver, a veces, dónde hay peligro de ruptura en una persona entera. Pero tú no lo ves. Es el precio que pagas por vivir con tu entereza zenobiana. Tus grietas, que ignoras y escondes, están empezando a cortarme las venas.

31 de mayo de 2015

La muerte de la primavera.

«Proserpine», Dante Gabriel Rossetti (1874)

Nunca se olvida a quien primero bebió de tus muñecas la sangre y sentenció que sabías a granada y a muerte. Aceptaste las coronas de baja belladona y rosas negras, y dejaste que tu madre regara lirios con lágrimas y alzase a la Luna miradas que buscaban tan solo un motivo. Él te hizo dueña y señora; tú lo permitiste, porque el infierno lo arrastrabas tú, y un infierno es lo que dejaste a tu paso. Buscas a tientas los ríos que producen los más sangrientos meandros en la nieve joven, dejas que te empapen, que te conduzcan a las oscuras mansiones del único dios que no te ha dado la espalda. La vida gotea de tus yemas cuando tomas su mano y tu rubor cae junto a tus vestidos. La muerte te contempla. Roza con sus labios apagados las marcas imperecederas de todas y cada una de las veces en que te faltó la divinidad, todos tus fracasos, miedos y pesadillas, todos los minutos en que no fuiste suficiente. La laguna es más cálida de lo que ninguna mitología ha predicado jamás, y lame tus heridas y purifica todas las vergüenzas. No existe el estigma. Eres la reina, una diosa de piel gris y ojos negros, eres la ausencia de luz, el terror de los mortales y, a la vez, su única esperanza. Todos te temen. Todos te desean. Creen que les procurarás refugio en la noche, y descanso. No habrá paz para los que te mataron.

26 de mayo de 2015

Autor: el fuego.

Foto de Lucy Winterlight en Instagram

Podría arañar en mi carne mucho más, pero he desaparecido.

Las súplicas se me quiebran en los labios resecos. No hay dios capaz de salvación ni artífice de ésta, la más terrible forma de inmortalidad. Los siglos acariciarán el espacio que ocupé, y dirán que estaba desnuda porque era puta, cuando lo único que quería era arrancarme a Vulcano de mi carne agrietada y gris; comprenderán que el incendio que me mató no fue de madera y paja y lava, que fue de tejido pulmonar y cenizas, pero dudo que jamás entiendan que, si me tapaba la cara, era porque no quería que mi familia me viera llorar. Espero que sean capaces de adivinar que mi pelo era del color de las tierras de Eritrea, y ojalá puedan contemplar mis paredes azules y mis pájaros y mis flores. Con un último aliento que sabe a azufre rasgo en una esquina del atrio mi despedida. Valete omnes.