15 de octubre de 2014

No me quedan verbos —tal vez eso sea lo que más duela—, y mientras que mi lengua está marchita y reseca, mis ojos todavía ofrecen libaciones de pelágico regusto a la misma Luna llena que aquella noche arruinó la técnica de Caravaggio. Y mientras Virgilio nace en Mantua no sabe que en el centro de Hispania alguien intenta grabar a fuego en su mente la rectificación de un verso suyo. <Non> omnia vincit amor, <cessi ego amore, sed> iusto quoque robur amori restitit <is>. No iré contigo al Hades, ni tampoco a Britania.

«Amor vincit omnia», Caravaggio (1601)

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