4 de diciembre de 2013

Phaedra.

¿Recuerdas la tarde en que fui Séneca trágico? Fue dolorosamente fácil. Arduo habría sido, en cambio, si se hubiera tratado de Séneca epistolar. Pero Séneca trágico condena el exceso, sólo a través del uso puede condenarlo, y por ello se ensamblan con él, en equilibrio decoroso, mis vastos periodos de hipotaxis y el léxico rococó recompuesto sobre piezas de un latín castellanizado, piezas de mi latín, tal vez más propio del Anneo rapsoda de los campos Ematios que del mentor de Lucilio. Condena el sentimiento, pero, para ello, debe revelarlo. La tragedia es grandilocuente y sesquipedal, y es anegación y aristotélica purificación. También la de Séneca, sobre todo la de Séneca. No podía ser de otra manera, y yo no podía ser otro que Séneca trágico. Aunque tal vez fue un engaño. Tal vez no fui Séneca, sino Fedra. Porque ser Fedra, vehemente, desequilibrada, madre, amante, dueña y esclava, para mí siempre ha sido, en efecto, dolorosamente fácil.

«Phaedra», Alexandre Cabanel (1880)