14 de enero de 2011

Berlín, julio de 2010.

Necesitaba desaparecer. Necesitaba desconectar. Me he ido lo más lejos que he podido, me he empapado de cosas que ya no interesan al mundo y me he dejado arropar por el calor de un idioma desconocido, incomprensible. El sol ha quemado cada poro de mi piel y la ha tornado, al cabo, oscura. Pero la noche me sorprende en una cama demasiado grande para mí sola, leyendo desesperadamente sobre Tibero y Calígula, aferrándome -como siempre- a esa historia. La luna, con su tenue resplandor azulado, descorre la cortina de museos y edificios solemnes que cubre mi inamovible vacío existencial. Y lejos de la realidad, lejos de mi mundo y lejos de todo... me dejo morir en tu imagen.