5 de julio de 2010

Calor de verano.

Odio este calor pegajoso, asfixiante. Que te abraza día y noche, no te suelta, hace difícil respirar. Te cierra los ojos y te mece en un sueño, pero aprieta y no deja descansar. Odio este calor porque no es mío ni es de nadie, y sobre todo no es tuyo. No se comparte. Tortura persona por persona. ¿Qué hay de divertido en eso? Nada. Las horas pasan lentas en una ciudad de hormigón que el fuerte Helios hace hervir durante días largos y cansinos, todos iguales, uno detrás de otro. Días luminosos, días calurosos. Días de mierda. Porque en esta ciudad hay edificios bellos y plazas insignes, jardines que respiran a modo de pulmones, pero son pocos. No hay masas azules, no hay risas a diario, ya no hay paseos ni amaneceres, no hay películas y no hay noches largas. Las noches son cortas, los días excesivamente largos. ¿Qué hago con todas estas horas? El calor no me deja pensar. Lo odio, lo odio, lo odio. Me encierra en un horno. Sola. ¿Dónde estás? Donde siempre. En ninguna parte. En ninguna parte para mí. Desde mi Tártaro personal sólo me queda rogar que si vas a dejarme morir asfixiada, claustrofóbica y sola, simplemente hazlo. Mátame ya.